viernes, 15 de julio de 2011

La novicia

Él lo sabe y no hay manera de borrar eso con tu cuaderno.
Las disculpas no te conforman y en esas hojas estás pasando todo. Las decepciones apretadas en las sábanas y ese único primer error llenan los renglones. Todo escrito con letras de colores, enmarcando la foto robada.

domingo, 20 de febrero de 2011

Ideal

Este es un texto nuevo, obviamente sin terminar, inspirado en una historia de Galeano que leí hace unas semanas. Espero sus correcciones y opiniones como siempre. Y, de nuevo, gracias por leer...

“Te voy a ser fiel” me dijo mientras se escapaba entre la masa de trabajadores que corrían por la pendiente del cerro, y le creí. Le creí porque sabía, firmemente, que no era posible, porque entre mis deseos estaba creer en algo, en alguien.
Está de más decir que fue la ultima vez que vi esa imagen, su cabello en disputa con el viento de la tarde, sus ojos encendidos por el cielo rojo del valle. Era imposible no creer en esa fotografía, o al menos eso me consolaba.
Había sido débil, una vez más. Había intentado retener su retrato y lo que representaba, una vez más, aun cuando sabía desde el primer minuto que “los ideales estaban por encima de cualquier sentimiento”, tal como me lo repetía en infinidades de encuentros.
No me necesitaba en lo más mínimo, no pensaba en mi, no recordaba ni quería recordar mi nombre. Sólo quería aliviar la culpa de sentirse en guerra entre sus “ideales” y sus deseos, esos que lo convertían en un simple mortal asustado e indefenso, atrapado en mí cada noche.
Lo deseaba, cuánto lo deseaba. Quería retenerlo para siempre pero no podía. Luchaba con mis ganas de vivir como cualquiera en el pueblo, como esos que veía los domingos en la iglesia, tomados de la mano. Pero yo no era así, nunca voy a ser así… Preferí estar con él, aun sabiendo de antemano qué se iba, que no iba a volver, que el maldito amor no estaba, ni lo había encontrado en medio de la fuga. Aun así no lo escuché…
Es que era tan difícil olvidarse de esa imagen. Todo lo que vino después sólo se justifico por haberlo conocido. Las lágrimas y la sangre en una mezcla que parecía infinita, la sed y el cansancio, el dolor y la muerte ante mis ojos, todo soporté sin una palabra, ni un mensaje al viento. No dije nada hasta ahora, ahora que le regalé un mundo de ventaja.

viernes, 14 de enero de 2011

Las Garzas

Les paso a continuación un nuevo cuento, sin terminar, para que lo lean y juzguen, critiquen y opinen, sean duros, muy duros.

No recuerdo la primera vez que miré la foto, imponente en la cima de la biblioteca, pero tengo grabada en la memoria la imagen de sus anteojos de marco fino y su tez joven, más joven de lo que era. Mi bisabuelo era un misterio y sus ojos protegidos por los cristales me lo confirmaban.
            Antonio, así se llamaba, llegó desde Buenos Aires a Las Garzas con sus baúles llenos de trajes nuevos, billetes y una mujer. Cómo podría pasar desapercibido en medio de gauchos y jornaleros se lo habían preguntado miles de veces y, aunque trataba de hallar una solución práctica a la cuestión, no lograba encontrar la manera de camuflarse entre tan singulares vecinos.
            Y no pudo, no pasó más de un mes desde su llegada cuando recibió el primer telegrama con el aviso de la inminente llegada de su mujer y sus hijos. El segundo aviso fueron los baúles de mi bisabuela colocados pulcramente en la galería de la casa. El plan comenzaba a tener fallas graves, insalvables.
            Su esposa llegó, la mujer se fue y con ella el apetito y el sueño.
            Pasaron las semanas y la cocina de la finca estaba atiborrada de platos con pavos, conejos, chivos, novillos, gallinas, aves de la más extraña procedencia y los frutos que la tierra virgen del lugar paría de a miles. Nada le despertaba el estomago y no había yuyo sedante que lo hiciera dormir. Doña Pancha, la conocedora de tes y brebajes, se cansaba del porfiado paciente que no se curaba con nada y ya no sabía que combinación nueva preparar para sus males.
            La tierra comenzó a agotarse, los frutos se podrían antes de madurar, los animales nacían enfermos y los que estaban enflaquecían día a día. Lo mismo le pasaba a mi bisabuelo, no tenía fuerzas ni para leer sus manuales de quesos o las noticias que llegaban del puerto con semanas de atraso. No pasó mucho tiempo hasta que la naturaleza hizo lo que le correspondía.
            Y hoy, en este camino polvoriento y abandonado que recorremos hasta las ruinas de la casa, te cuento todo esto para que entiendas por qué siempre que entro en esa habitación oscura y húmeda mis ojos buscan la foto del hombre con anteojos finos y tez joven. Ese que deseo morir de amor, empachado de amor en las tierras de la abundancia.

lunes, 19 de octubre de 2009

Suerte

De nuevo molestando! Y si, todavía no pierdo las mañas, aunque debería. Por eso les paso otro cuento, de menor calidad, pero que lo armé también con ganas de contar alguito...
Saludos a los miles de lectores ( ;)), besos a todos...

Suerte

Nunca en mi vida he tenido suerte, he participado en centenares de concursos, juegos de azar, sorteos, rifas, bingos, juegos de cartas, etc. y jamás tuve suerte. Hasta ese día en el que no sé muy bien cómo sonó el teléfono con la noticia de mi viaje. Destino incierto decía el pasaje que abría el camino hacia una aventura que ya empezaba a palpar por los nervios que me agotaban.

Era mí primera vez en el tren de larga distancia, mi primera vez fuera del valle pero no tenía más que ansias por llegar a esa tierra prometida, llena de selvas y animales extraordinarios.

El sonido de la maquina no me dejaba dormir ni un instante, me brotaban de los ojos unas sombras oscuras que me hacían más pálida de los que en realidad era y, con el cansancio propio del viajero poco acostumbrado, empezaba a creer que nunca podría dormir en esa mole que cargaba con decenas de pasajeros.

Leí mis libros sobre geografía para no perder ni un sitio importante al llegar, tomé las notas que tanto me ayudarían con el desconocido lenguaje, escribí metódicamente en la bitácora que inicié una semana antes de partir y nada pero absolutamente nada me ayudaba a conciliar el sueño. Ya cansada de estar cansada recorrí los vagones en busca de conversaciones aburridas sobre el clima, las finanzas o los deportes pero no encontraba quien pudiese regalarme un bostezo.

Decidida a quedarme dormida en cualquier instante me apoyé en los vidrios calidos de mi ventanilla y comencé a mirar fijamente el monótono paisaje: una fila de lapachos amarillos, algunos tilos, una casa blanca de techos bajos, un diariero en la estación, un grupo de niños jugando en un descampado, etc. Sin embargo el letargo tan ansiado a esas alturas no llegaba. Una vez fallido el plan inicial, creí conveniente contar los objetos que observaba: catorce lapachos amarillos, cuatro tilos, una casa blanca de techos bajos, un diariero en la estación, un grupo de siete niños jugando en un descampado, etc.

Como un recurso, debo confesar, casi desesperado fui al comedor del tercer vagón y pedí "algo fuerte", pues sabía que tan sólo un trago de vino era suficiente para adormecerme por completo. Me sirvieron, en este orden, tres copas de Malbec, dos de wisky, una de tequila, cuatro de mistela, una de cerveza, etc. Mis esfuerzos por dormir, sin pausa hasta recobrar la tan ansiada sensación de descanso, se frustraron nuevamente aunque dejaron algunas risas sin sentido y unos pedidos de silencio desperdigados por los vagones.

Recomencé la tarea una vez más, pero ya con menos ansias, esto de no poder hacer una siesta sin pausas y a mis anchas no me interesaba tanto como al principio. Fue en ese preciso momento en el que descubrí, entre los folletos turísticos de mi destino, un recorte muy singular que decía así:

"Ciudad Insomne. Situada al norte de Nigeria. Sus habitantes tienen la singular costumbre de no dormir nunca, de manera que no tienen la menor idea de lo que es el sueño. La ciudad es un lugar muy peligroso para los extranjeros. Si un viajero llegara a dormirse, los nativos, creyéndolo muerto, se pondrían a excavar un sepulcro enorme y, con gran ceremonia, lo sepultarían de inmediato."


A. J. Tremearne, Hausa Superstitions and Customs, Londres, 1913

De un salto, que despertó a mi acompañante de asiento, me levanté con una sonrisa gigante entre los labios, por fin, si, por fin había llegado la suerte a mi vida.

lunes, 10 de agosto de 2009

Sobre La Herencia

Hola a todos...
La Herencia anda corriendo caminos, entre mails y fotocopias, y llegó al Programa "Huellas de lecturas y escrituras en Salta". Podría decirse que logré que me publicaran algo jajaja...
Un saludo grande y "aguanten" que pronto se vienen las novedades.

http://www.huellasdelecturasyescrituras.blogspot.com/